Los medios masivos de comunicación ocupan un lugar central en la sociedad actual. Ya sea para informar, formar o simplemente entretener, gran parte de la sociedad accede a la radio, la televisión y/o la internet a diario. Pero sin lugar a dudas, el medio que se encuentra más firmemente establecido en todas las casas de Argentina y el mundo es la televisión. Podríamos decir que todas las familias, incluso las más humildes, tienen por lo menos un televisor y sus miembros pasan gran parte de su tiempo mirando algún programa de su agrado. La oferta televisiva es amplia: solamente en los canales de aire encontramos programas deportivos, infantiles, gastronómicos, noticiarios, de espectáculos y otros; todos ellos apuntan a satisfacer el más amplio espectro de demanda posible. Frente a la ya trillada cuestión de la función de la televisión en la formación del ser humano surge el debate acerca del enfrentamiento entre ésta y los libros. Muchas veces hemos oído decir que la gente ya no lee debido a la cantidad de horas diarias que pasa frente a la “caja boba”. También se ha responsabilizado a la televisión de no suplir la irremplazable función formativa de los libros.
Televisión y libros son dos formas de ver el mundo totalmente disímiles y no pueden, de manera alguna, reemplazarse mutuamente. Si hablamos de la televisión, es preciso mencionar que cuando miramos un programa estamos poniendo en juego nuestras facultades tanto visuales como auditivas e intelectuales, en un grado relativo al interés que pongamos en nuestra actividad receptiva. En cambio, al ejercer la lectura indefectiblemente todos nuestros sentidos se ven implicados porque tanto nuestra atención como nuestra actividad intelectual son fundamentales. Es decir, podemos hacer otras actividades que requieran un nivel de atención parcial mientras miramos televisión, pero cuando leemos la lectura debe ser nuestra única actividad. En consecuencia, es más factible que en la rutina diaria la televisión esté encendida o miremos un programa en una hora de esparcimiento, que podamos ingresar en las páginas de un libro, que nos demandará mayor tiempo y dedicación.
Televisión y lectura no son dos contrincantes que se enfrenten a un mismo nivel, pues sus funciones no son las mismas, como tampoco es el mismo el efecto que se producirá en el receptor. La televisión ocupa un lugar importante en el hogar y puede ser un objeto de esparcimiento y distracción de los problemas diarios, pero el valor cultural de un libro va más allá de la simple satisfacción inmediata. Si bien la televisión nos ofrece a diario un producto al que nos es más simple acceder, quienes felizmente hayan adquirido el hábito de la lectura lo llevarán a cabo más allá de lo que la pantalla chica pueda ofrecerles.
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